El canto de Linos (Salida a la labranza), de Claudio Rodríguez



Por mucho que haga sol no seréis puros
y ya no hay tiempo. Apenas
se mueve el aire y con la luz del día,
aún lejana en los cerros, se abre el campo
y se levanta a su labor el hombre.
Y ved: la hora mejor. ¿Y qué ha pasado
para que hoy en plena sazón sólo
nos acordemos de la siembra aquella,
de aquel trillar, de aquellos laboreos?
¡Si la cosecha no es más que el principio!
¡Fuera la hoz, sí, fuera
el corto abrazo del apero aun cuando
toda la tierra sea esperanza! Siempre,
como el buen labrador que cada año
ve alto su trigo y cree
que lo granó tan sólo su trabajo,
siempre salimos a esperar el día
con la faena a cuestas, y ponemos
la vida, el pecho al aire y un momento
somos al aire puros. Pero sólo
un momento. Oíd desde aquí: ¿qué hondo
trajín eterno mueve nuestras manos,
cava con nuestra azada,
limpia las madres para nuestro riego?
Todo es sagrado ya y hasta parece
sencillo prosperar en esta tierra,
cargar los carros con el mismo heno
de juventud, llevarlo
por aquel mismo puente. Pero, ¿dónde,
en qué inmenso pajar cabrán los pastos
del hombre, aquellas parvas
que puede que estén frescas todavía?
¿Dónde, dónde? Tú antes,
tú, el elegido por las estaciones,
el de la gran labranza, ven conmigo.
Enséñame a sembrar en el sentido
del viento. Qué vendimia
la de hoy, a media madurez, a media
juventud. ¿Dónde el tordo que salía
de allí con la humildad del vuelo abierta
como si aún pudiera volver siempre?
No volverá. Bien sé lo que he perdido.
Pero tú baila, triunfa, tú, que puedes.
No lo digamos. No, que nadie sepa
lo que ha pasado esta mañana. Vamos
juntos. No digas más que tu cosecha,
aunque esté en tu corral, al pie de casa,
no será tuya nunca