Porque no poseemos (la mirada), de Claudio Rodríguez




I

Porque no poseemos,
vemos. La combustión del ojo en esta
hora del día cuando la luz, cruel
de tan veraz, daña
la mirada ya no me trae aquella
sencillez. Ya no sé qué es lo que muere,
qué lo que resucita. Pero miro,
cojo fervor, y la mirada se hace
beso, ya no sé si de amor o traicionero.
Quiere acuñar las cosas,
detener su hosca prisa
de adiós, vestir, cubrir
su feroz desnudez de despedida
con lo que sea: con esa membrana
delicada del aire,
aunque fuera tan sólo
con la sutil ternura
del velo que separa las celdillas
de la granada. Quiere untar su aceite,
denso de juventud y de fatiga,
en tantos goznes luminosos que abre
la realidad, entrar
dejando allí, en alcobas tan fecundas,
su poso y su despojo,
su nido y su tormenta,
sin poder habitarlas. Qué mirada
oscura viendo cosas
tan claras. Mira, mira:
allí sube humo, empiezan
a salir de esa fábrica los hombres,
bajos los ojos, baja la cabeza.
Allí está el Tormes con su cielo alto,
niños por las orillas entre escombros
donde escarban gallinas. Mira, mira:
ve cómo ya, aun con muescas y clavijas,
con ceños y asperezas,
van fluyendo las cosas. Mana, fuente
de rica vena, mi mirada, mi única
salvación, sella, graba,
como en un árbol los enamorados,
la locura armoniosa de la vida
en tus veloces aguas pasajeras.





II



La misteriosa juventud constante
de lo que existe, su maravillosa
eternidad, hoy llaman
con sus nudillos muy heridos a esta
pupula prisionera. Hacía tiempo
(qué bien sé ahora el porqué) me era lo mismo
ver flor que llaga, cepo que caricia;
pero esta tarde ha puesto al descubierto
mi soledad y miro
con mirada distinta. Compañeros
falsos y taciturnos,
cebados de consignas, si tan ricos
de propaganda, de canción tan pobres;
yo mismo, que fallé, tantas ciudades
con ese medallón de barro seco
de la codicia, tanto
pueblo rapaz al que a mi pesar quiero
me fueron, a hurtadillas,
haciendo mal de ojo y yo seguía
entre los sucios guiños, esperando
un momento. Éste de hoy. Tiembla en el aire
la última luz. Es la hora
en que nuestra mirada
se agracia y se adoncella.La hora en que, al fin, con toda
la vergüenza en la cara, miro y cambio
mi vida entera por una mirada,
esa que ahora está lejos,
la única que me sirve, por la sola
cosa por la que quiero estos dos ojos:
esa mirada que no tiene dueño.