Canto del despertar, de Claudio Rodríguez


...y cuando salía
por toda aquella vega
ya cosa no sabía...

SAN JUAN DE LA CRUZ

El primer surco de hoy será mi cuerpo.
Cuando la luz impulsa desde arriba
despierta los oráculos del sueño
y me camina, y antes que al paisaje
va dándome figura. Así otra nueva
mañana. Así ota vez y antes que nadie,
aun que la brisa menos decidiera,
sintiéndose vivir, solo, a luz limpia.
Pero algún gesto hago, alguna vara
mágica tengo porque, ved, de pronto
los seres amanecen, me señalan.
Soy inocente. ¡Cómo se une todo
y en simples movimientos hasta el límite,
sí, para mi castigo: la soltura
del álamo a cualquier mirada! Puertas
con vellones de niebla por dinteles
se abren allí, pasando aquella cima.
¿Qué más sencillo que ese cabeceo
de los sembrados? ¿Qué más persuasivo
que el heno al germinar? No toco nada.
No me lavo en la tierra como el pájaro.
Sí, para mi castigo, el día nace
y hay que apartar su misma recaída
de las demás. Aquí sí es peligroso.
Ahora, en la llanada hecha de espacio,
voy a servir de blanco a lo creado.
Tibia respiración de pan reciente
me llega y así el campo eleva formas
de una aridez sublime, y un momento
después, el que se pierde entre el misterio
de un camino y el de otro menos ancho,
somos obra de lo que resucita.
Lejos estoy, qué lejos. ¿Todavía
agrio como el moral silvestre, el ritmo
de las cosas me daña? Alma del ave,
yacerás bajo cúpula de árbol.
¡Noche de intimidad lasciva, noche
de preñez sobre el mundo, noche inmensa!
Ah, nada está seguro bajo el cielo.
Nada resiste ya. Sucede cuando
mi dolor me levanta y me hace cumbre
que empiezan a ocultarse las imágenes
y a dar la mies en cada poro el acto
de su ligero crecimiento. Entonces
hay que avanzar la vida de tan limpio
como es el aire, el aire retador.