A la nube aquella, de Claudio Rodríguez


A la nube aquella

si llegase a la nube pasajera
la tensión de mis ojos, ¿cómo iría
su resplandor dejándome en la tierra?
¿Cómo me dejaría oscurecido
si es clara su labor, y su materia
es casi luz, está al menos en lo alto?
¡Arrancad esa límpida osamenta
dejando ver un corazón aéreo,
fuerte con su latido de tormenta!
Qué vida y muerte fulminantes. ¡Sea
también así en mi cuerpo! ¿A puro asalto
cobrádmelo, haced de él vuestra faena!
Si se acercase a mí, si me inundara
la vida con su vida intensa.
No lo resistiría. Pero, ¿acaso
alguien es digno de ello? ¿No se esfuerza
la nube por morir en tanto espacio
para incendiarlo de una vez? Entrega,
palabra pura de los cielos, himno:
suena como la voz del hombre, suena
y pasa, pasa así, dinos tu viva
verdad en esta clara hora terrena,
en esta oscura vida que huye y pasa
y nunca en ello podrá ver la inmensa,
sola alegría de aquí abajo, nube,
alma quizá en que un cuerpo se aserena.

¿Y dónde están las nubes de otros días,
en qué cielo inmortal de primavera?
El blanco espacio en que estuvieron, ¿siente
aún su compañía y va con ella
creando un nuevo resplandor, lo mismo
que a media noche en la llanura queda
todo el impulso de la amanecida?
Lejos de donde el hombre se ha vendido,
aquel granero, ¿para qué cosecha?
Oh, nube que huye y cambia a cada instante
como si un pueblo altísimo de abejas
fuera allí trabajando a fuego limpio.
Nube que nace sin dolor, tan cerca.
¡Y vivir en el sitio más hermoso
para esto, para caer a tierra
o desaparecer! No importa cómo,
pero ahora, la nube aquella, aquella
que es nuestra y está allí, si no habitarla,
ya, quién pudiera al menos retenerla.

(C) Claudio Rodríguez