A mí no se ha muerto la esperanza, de Francisco Garzón Céspedes



A mí no se me ha muerto la esperanza,
no lo digo poderoso,
no lo digo vencedor,
no lo digo como un conjuro,
como falso testimonio o estandarte.

No lo digo acaso en un instante de júbilo.
Ni siquiera lo digo con el optimismo
necesario a los comienzos.

No lo digo como el malabarista en la carpa del circo.
O como el centro del universo al margen de sus rutas.
Lo digo como quien afirma una elemental
condición del ser humano.

Lo digo con la madurez del que no ignora
que la frustración, el fracaso y la amargura
se tocarán la puerta todavía,
como insepultos guerreros de
Un tiempo sepultado.

A mí no se me ha muerto la Esperanza
ni una sola de las tantas veces en que muero vivo,
cuando alguno al que sostuve
me niega el apoyo de su brazo
o cuando el más cercano me injuria,
me desconoce o me deshace.

A mí no se me ha muerto la Esperanza.
Este es el tiempo del amor.
Y el amor va haciendo ronda a ronda su fiel cosecha.

A mí no se me ha muerto la Esperanza.
La Esperanza soy yo.
Yo que también tropiezo, asumo errores, rectifico,
y para limpiarme los pulmones,
respiro hondo y sigo adelante.

Yo sé que en este mundo poco a poco más limpio,
hay que tener el corazón para
el desgarramiento inevitable,
y corazón roturado para la siembra
de confianza y alegría.

A mí no se me ha muerto La Esperaza,
porque la muerte no es mi vocación,
porque no le conozco un rostro definitivo
a no ser el rostro múltiple de nuestras multitudes.
Porque no acepto más voluntad
que mi terca voluntad de alzar,
junto a otras manos voluntariosamente tercas,
la tierra fecunda, luminosa,
la tierra irrenunciable del Amor

(C) Francisco Garzón Céspedes