Tauromaquia poética, de Javier de Bengoechea. Recita: Joaquín De la Buelga


I
Cuando mi inspiración logra un trofeo
y el lector pide otro y terco insiste
de luces tanto el corazón se viste
que es como ser figura del toreo.

Presumo que es así, y me lo creo.
Me siento lo más único que existe.
Y ante un endecasílabo que embiste
me voy a él, me gusto y me jaleo.

No el poema-estocada clamoroso
sino el escalofrio del detalle.
Mi capote de seda, mi capote.

II
Estoy vestido de amaranto y oro,
detrás de un enlutado alguacilillo.
A través de un larguísimo pasillo
llegué a este claro redondel sonoro.

Abro mi voz ante un enorme toro.
Presiento la embestida de un cuchillo.
Y descompuesto, pálido, amarillo
qué analfabeta falta de decoro.

Junto los pies y hasta las manos junto.
Más temeroso que maravillado
me veo en el cartel de cada día.

Mientras con miedo y con razón pregunto:
¡quién es, oh Dios, quién es mi apoderado?
Y los versos, ¿de qué ganadería?

III
Con unos lances únicos, de miedo,
bajas las manos, lenta la mirada,
escribo este cuarteto. Escribo nada
más que en el aire. Airosamente quedo.

Banderilleo lo mejor que puedo
con sílabas de lujo. No hay cornada
que pueda competir con mi estocada,
cuando me empeño en dar la vuelta al ruedo.

Competencias, aplausos, ideales...
Las músicas son siempre celestiales
cuando la letra es roja y amarilla.

Qué inteligencia de cabeza a rabo.
¿Poeta o matador? Creo que acabo
de matar un soneto sin puntilla.

A lo largo del viaje, 2006.



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