Romance del Rey Don Enrique IV, de Ignacio Sanz. Recita Joaquín de la Buelga



De las muchas dinastías
 que en España gobernaron
 sólo un rey fundó en Segovia
 la corte de su reinado.
 Le llaman el Impotente
 al rey Don Enrique IV,
 gran infamia han cometido
 los que quieren difamarlo.
 Pocos reyes tan sensibles
 a las artes, al teatro.
 Pocos reyes tan serenos,
 tan justos y tan equilibrados.
 Ciertas costumbres de entonces
 a muchos causan espanto,
 que más que propias de reyes
 parecen de mentecatos.
 La misma noche de bodas
 le obligan a hacer el acto
 circundado de testigos
  sin reservas ni recatos.
 Y le obligan a la fuerza,
 a la vista de un notario,
 de un arzobispo de Roma,
 de un juez y de un escribano.
Y todo porque la gota
no caiga fuera del vaso
para evitar componendas
y corrimientos en falso.
No vaya a ser que el infante
proceda de otros asaltos,
que muchos juegos de cama
trajeron reyes bastardos.
¿Quién, ante tales testigos
mantiene el mástil en acto?
Hay que ser un semental,
un gigantesco verraco,
un tigretón de Bengala,
un gallo de cien asaltos,
toro de fiera embestida,
de pura raza un caballo.
Para dar el do de pecho
ante mirones ingratos
con las vergüenzas al aire
y los cañamones colgando?

Nuestro rey no dio la talla,
pero ¿quién la hubiera dado?
que los reyes por ser reyes
no son garañones natos.
de ahí le vino el apodo,
un apodo envenenado,
la falta de descendencia
no justifica el palabro.

Y según cuenta la Historia
en cronicones de antaño,
tuvo sus más y sus menos
con ciertas damas y damos.
Y cumplió como es debido
en el dulzor de su cuarto
sin sufrir mengua ninguna
ni sombra de gatillazo.
Y cumplió sobradamente
como auténtico jabato
como se espera que cumpla
un monarca coronado.
Pese a todo, ahí sigue el mote
mal metiendo y cizañando.
Ojalá que quien lo diga
padezca el mal en sus bajos.
En Segovia queda dicho
donde fundó su palacio,
donde soñó vida justa
el rey Don Enrique IV.


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